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¿Qué es el apego emocional?

Índice de contenido

Tipos de apego

El apego emocional es el vínculo afectivo que establecemos con personas significativas para nosotros, como nuestros padres y madres, cuidadores, familia, parejas y amigos. Es un fenómeno innato y universal, es decir, que compartimos todos los seres humanos.
Todos nacemos con esta predisposición a vincularnos emocionalmente con las demás personas, a apegarnos con los demás. De hecho, de estos vínculos depende nuestra supervivencia, ya que, desde que nacemos, necesitamos ese cuidado para sobrevivir hasta ser autosuficientes, y también de adultos, tenemos más probabilidades de sobrevivir y prosperar cuando formamos parte de un grupo. Por tanto, al sentirnos conectados con otras personas, solemos experimentar una sensación de seguridad y paz.


En ocasiones, se habla del apego como algo negativo, especialmente en la etapa adulta, ya que no suele diferenciarse el apego seguro del inseguro. Lo negativo no es el apego en sí, es la sensación de no tener un vínculo fiable y el sufrimiento que nos produce no conseguirlo, la manera de buscarlo o intentar forzarlo. Todos necesitamos sentir esta conexión con otras personas; el apego no es bueno ni malo, es necesario.

Tipos de apego


Al hablar de los tipos de apego, nos referimos a la manera de comportarnos en las relaciones y vincularnos con los demás. Desde que nacemos, desarrollamos unas estrategias que, más tarde, incorporamos en nuestro bagaje personal a lo largo de la vida.


John Bowlby empezó a hablar en los años 60 de esta teoría del apego. Decía que las experiencias tempranas que tenemos en la infancia influyen en cómo nos comportamos en la edad adulta. Así, nos formamos una idea respecto a cómo son las relaciones y qué esperar de ellas a partir de nuestra experiencia personal con nuestros cuidadores ya desde la primera infancia.


En los años 70, la psicóloga Mary Ainsworth amplió la visión de Bowlby con su experimento de la “situación extraña”. En el estudio, observaba cómo se comportaba un grupo de niños de 12 a 18 meses de edad en relación a su principal figura de apego (en este caso, sus madres) en distintos escenarios: cuando están solos en una habitación, cuando aparece una persona extraña en la habitación, cuando la madre deja al niño a solas con la persona desconocida y, finalmente, cuando la madre regresa al encuentro del niño. En base a esto, estableció tres estilos de apego: el apego seguro, el apego inseguro ambivalente o ansioso, y el apego inseguro evitativo. Más tarde, los investigadores Main y Solomon añadieron un cuarto estilo de apego: el apego inseguro desorganizado.

Apego seguro


Los niños con un apego seguro suelen angustiarse cuando sus cuidadores se van y se alegran y se sienten aliviados cuando regresan; y pueden sentir consuelo solo hasta cierto punto con otra persona en ausencia de su figura de apego. Además, suelen buscar el consuelo de sus cuidadores y lo aceptan, como una “base segura”.
En otras palabras, los niños se sienten seguros, protegidos y valiosos, y confían en que sus necesidades van a ser atendidas. Esto prepara el terreno para que, ya de adultos, se mantengan relaciones de confianza y duraderas, que la persona no tenga especiales dificultades para hablar de cómo se siente con las personas de su entorno y buscar apoyo social, y que tenga una buena autoestima.

Apego ambiental y ansioso


Los niños con apego ambivalente o ansioso suelen desconfiar de las personas desconocidas. Muestran mucha angustia cuando se separan de su figura de apego, y cuando regresa con ellos, les cuesta calmarse, incluso negándose a aceptar el consuelo de su cuidador.


Este tipo de apego está relacionado con cuidados inconsistentes (a veces reciben atención y a veces no). Ya en la etapa adulta, suelen tener relaciones ambivalentes (cercanas o frías), intensas e inestables; con un especial miedo al abandono, preocupación de si las personas de su entorno cercano realmente le quieren o no y necesidad de confirmación, manifestando mucha angustia cuando termina una relación significativa.

Apego evitativo

Los niños con apego evitativo tienden a evitar a sus figuras de apego, especialmente después de su ausencia. Aunque puede que no lo rechacen, no buscan el consuelo o contacto de su cuidador cuando regresa. Prefieren jugar solos y muestran poca o ninguna preferencia entre la figura de apego y una persona desconocida. Han aprendido que expresar sus necesidades no funciona, ya que su cuidador lo ignora o lo rechaza, es decir, aprenden a reprimir expresar sus emociones como una forma de protegerse.
Como adultos, suelen tener problemas con la intimidad y al establecer relaciones cercanas. Tienden a expresar poco sus emociones o pensamientos con los demás, y a evitar la intimidad. Además, habitualmente, cuando una persona cercana reclama apoyo emocional (por ejemplo, ante una situación estresante), suele experimentar bloqueo y no saber cómo reaccionar.

Apego desorganizado

Los niños con un apego desorganizado no muestran un patrón de apego claro. A menudo, reaccionan a sus cuidadores con una mezcla de comportamientos, entre ellos, la evitación, la resistencia o el rechazo. Pueden manifestar conductas contradictorias (se acerca y luego se aleja), mostrarse confusos o agresivos, o quedarse bloqueados. Suele tener reacciones emocionales intensas y caóticas.

En estos casos, la figura de apego es, al mismo tiempo, una fuente de seguridad y de miedo, lo que le genera confusión. Puede manifestarse en ambientes con una elevada inestabilidad o con presencia de abusos emocionales o negligencia.

Como adultos, suelen preferir la soledad pero, a la vez, desear tener intimidad con otras personas; encontrándose entre esta necesidad de vincularse con los demás y el temor a la intimidad. Tienden a tener muchas dificultades para expresar sus emociones y buscar apoyo social, y una marcada desconfianza en los demás.

Es importante destacar que esta forma de vincularnos no nos define ni es una sentencia, y que el tipo de apego que se desarrolla en la infancia con nuestras figuras de apego no es necesariamente el mismo que manifestamos en la etapa adulta ni con otra personas. Existen otros factores, como nuestro temperamento, recibir apoyo y recursos adecuados, o nuestra capacidad de desarrollar nuevos vínculos seguros, que pueden transformar el modo en que nos relacionamos con los demás.

Por tanto, aunque las experiencias tempranas influyen, no nos determinan a lo largo de la vida a la hora de relacionarnos y generar nuevos vínculos con los demás.