A diario, es muy frecuente los momentos de cansancio, enfado o incluso frustración dentro de la crianza. Hay días en los cuales las prisas, tareas escolares, discusiones, rabietas o el agotamiento acumulado hacen que acabemos diciendo frases de manera impulsiva sin apenas pensarlas. Comentarios como: “qué exagerado eres”, “eres un desastre”, “nunca te esfuerzas lo suficiente”, “mejor lo hago yo y así terminamos antes” forman parte de conversaciones diarias en muchas familias.
La mayoría de las veces, no se dicen con una intención negativa. De hecho, muchos de los padres, lo usan como una forma rápida de intentar corregir una conducta. Sin embargo, aunque para el adulto pueden ser comentarios sin importancia, para un niño el impacto puede ser mucho más profundo de lo que nos imaginamos.

La infancia, es una etapa del desarrollo muy sensible a la forma en la que los adultos, hablan, miran o reaccionan. Los niños están desarrollando la imagen que tienen de sí mismos, y gran parte de este proceso se crea a través de las experiencias que tienen con sus figuras de referencia. Aprenden quienes son a partir de cómo les hablan las personas más importantes para ellos.
Es por ello que, algunas de las frases más repetidas pueden terminar influyendo en la forma en la que el niño se ve a sí mismo. De forma paulatina, algunos comentarios dejan de sentirse como algo concreto, sin importancia y pasan a ser parte de la identidad del niño. Lo que comienza siendo una frase dicha en un momento puntual, puede acabar convirtiéndose en la manera en la que el menor se define a sí mismo.
Esto no quiere decir que los padres no puedan enfadarse o poner límites, al contrario, parte de la educación implica necesariamente acompañar, enseñar y marcar normas. El problema viene cuando, dejamos de referirnos a lo que el niño hace y comenzamos a hablar sobre lo que el niño es.
1. Cuando las palabras acaban convirtiéndose en pensamientos.
A veces, pensamos que los niños no se enteran o que los comentarios desaparecen después de una discusión. Sin embargo, esto no es cierto, el cerebro de un niño se queda con más información de la que parece, sobre todo si se repite continuamente y va acompañada de fuertes emociones.
Con el tiempo, la forma en la que nos referimos y hablamos a los menores, influye directamente en la forma en la que ellos aprenden a hablarse a sí mismos. Esto es importante porque el diálogo interno, la voz que todos tenemos en nuestra cabeza, se va construyendo de forma progresiva a partir de experiencias emocionales y de la información que recibimos durante el desarrollo.
Es por ello por lo que, muchos niños, comienzan a desarrollar una percepción muy dura sobre sí mismos a edades muy tempranas. Hay niños que, ante cualquier error, reaccionan con frases como: “todo lo hago mal”, “soy tonto”, “seguro que me sale fatal”, “mejor que lo haga otro”.
El diálogo interno que se desarrolla en la infancia es muy probable que se mantenga en etapas posteriores del desarrollo. Muchos adolescentes y adultos continúan tratándose con la misma dureza como aprendieron a ser tratados durante los primeros años. Personas muy exigentes, que sienten que nunca hacen las cosas lo suficientemente bien, que viven con miedo a equivocarse o que necesitan la aprobación externa, a veces, arrastran una historia marcada por críticas constantes, comparaciones o etiquetas mantenidas en el tiempo.
También ocurre otra cosa, y es que los niños no solo se quedan con las palabras explícitas, sino también con el tono, la forma de reaccionar y la sensación que ellos sienten. Un niño puede olvidar una conversación explícita, pero recuerda cómo se sentía después de determinadas interacciones repetidas en el tiempo.
Es por eso por lo que, hay muchos niños que crecen sintiendo que molestan, que decepcionan con todo lo que hacen o que todo lo hacen mal, incluso sin que nadie les haya dicho esas palabras concretas, y es que el mensaje emocional acaba llegando.
2. Los roles que los niños acaban adoptando.
Muchos niños acaban adoptando roles que se mantienen en el tiempo. A veces ocurre de forma muy evidente y otras veces de manera más sutil, pero poco a poco el menor comienza a sentir que el resto espera que se comporte de una forma en concreto y termina adaptándose a ese rol casi sin ser consciente.
Algunos ejemplos son, el niño al que todo el rato le recuerdan que “no se está quieto”, “que es muy sensible”, el que “es muy tímido” o incluso el “perfecto”. Aunque a veces el objetivo del comentario no tiene una connotación negativa, cuando se repiten de forma continuada pueden acabar limitando la forma en la que el niño se comporta y se percibe a sí mismo.
El problema de estos roles es que limita al niño a una única característica, sin tener en cuenta todo lo demás. Ningún niño es solamente “malo”, igual que ninguno es únicamente el “perfecto”. Sin embargo, cuando un menor es contantemente definido de dicha manera, se acaba comportando conforme a esa expectativa.
Por ejemplo, el niño que constantemente está escuchando que es “malo” o “revoltoso”, dejan de auto-regularse porque sienten que hagan lo que hagan se les va a seguir viendo igual. Lo mismo pasa con el niño que ha aprendido que es “muy maduro para su edad” muchas veces, no comunica sus emociones, necesidades o incluso malestar por no defraudar al resto.
Esto es muy importante, porque tanto la infancia como la adolescencia son etapas del desarrollo en las cuales, los menores, están descubriendo quienes son. Necesitan lugares seguros donde puedan equivocarse, crecer, cambiar y descubrir diferentes partes de sí mismos, sin sentir que están constantemente definidos por un único rasgo o por una única dificultad. Es por eso necesario recordar, que las conductas cambian, las emociones cambian y por ende, los niños también cambian.
3. ¿Cómo podemos cambiar la forma en la que hablamos a nuestros hijos?
Modificar la forma en la que hablamos a nuestros hijos no significa hablarles de forma poco natural, no corregirles o hacerlo perfecto constantemente. La crianza real incluye lo comentado anteriormente; enfados, cansancio y momentos de frustración. El objetivo, no es no equivocarnos nunca, porque es imposible, lo que buscamos es ser conscientes del impacto que pueden tener nuestras palabras cuando se repiten de forma continuada.
A continuación, se muestran estrategias sencillas que pueden hacer que las familias se comuniquen de una forma más sana y respetuosa emocionalmente:
– Corregir la conducta, no definir al niño.
Es muy importante aprender a diferenciar entre como el niño se comportante y lo que el niño es. No es lo mismo señalar una conducta que convertir ese comportamiento en una característica de su forma de ser.
No genera el mismo impacto decir: “Hoy no has recogido tu habitación” que “Eres un desastre” o “Ahora mismo estás enfadado y no pueden controlarte” que “Siempre te comportas mal”.
– Evitar hacer generalizaciones como “siempre” o “nunca”.
Expresiones como “siempre haces lo mismo”, “nunca escuchas”, “nunca te esfuerzas lo suficiente” suelen aparecer en momentos de tensión o enfado. El problema es que los niños suelen interiorizarlas y las interpretan de forma literal.
Es preferible, centrarse en la situación concreta: “Hoy no me has escuchado cuando te lo he pedido”, “Para este examen no te has esforzado lo que podrías”.
Así, el niño entiende que puede actuar de otra forma en otras situaciones y que no está condenado a ser “siempre igual”.
– Validar emociones sin justificar conductas.
En muchas ocasiones, cuando el niño está enfadado, triste o frustrado, los adultos intentan cortar dicha emoción con frases como “no es para tanto”, “deja de llorar” o “estas exagerando”.
Sin embargo, aunque la intención no sea negativa, el niño se puede sentir que lo que siente no es válido o que no debería sentirse así. Es por ello que, validar una emoción no quiere decir permitir todas las conductas, si no ayudar a que el niño se sienta comprendido mientras aprende a regularse. Por ejemplo: “Entiendo que estés enfadado, pero no puedes comportarte así”.
– Tener cuidado con las comparaciones.
Las comparaciones ya sea entre hermanos, compañeros o amigos, muchas veces dañan la autoestima del menor, aunque a priori puedan parecer inofensivas. Frases como: “tu hermano sí lo hace bien” o “mira como los demás pueden hacerlo”, generan sensación de inferioridad e inseguridad.
– Reforzar el esfuerzo y no solo el resultado.
Muchos niños asocian su valor únicamente a hacer las cosas bien. Es por ello por lo que, debemos reconocer el esfuerzo, la constancia o la capacidad para intentarlo y no únicamente el resultado final.
– Revisar también cómo nos hablamos a nosotros mismos.
Los niños no solo aprenden de lo que les decimos directamente a ellos, sino también de cómo nos tratamos los adultos delante de ellos. Si un niño escucha a diario frases como: “Soy un desastre”, “Todo lo hago mal”, es muy probable que normalice este tipo de diálogo interno.